El genocidio de los armenios es el prototipo de los genocidios del siglo XX, el ejemplo de ello que Melson definía un genocidio total, la destrucción completa de un grupo por obra de un Estado. Se trata de un caso excepcional, que se podía verificarse solamente en circunstancias particulares, la cual el riesgo constituido a una estructura genocida fue agravado por una neurosis obsesiva, donde, en un contexto explosivo, la ideología hizo lanzar la centella.
Las causas: estructuras y motivos
Llegados de Frigia, los armenios aparecieron en el siglo VII a. J.C. en un territorio situado al sur del Cáucaso y del mar Negro al este del altiplano anatólico, al oeste del mar Caspio donde se mezclaron con los restos de los reinos hurritas. Estas montañas de clima áspero es un país fértil pero también una zona estratégica que controla uno de los camino del Oriente. Armenia es una puesta en juego entre imperios que se disputan su territorio sin tener éxito de destruir sus habitantes. Ella sobrevive a los persas, a los griegos, a los romanos, a los árabes, aprovechándose de las rivalidades entre Bizancio y Persia, a veces reino independiente (entre algunas ocasiones dividida en diversos reinos hostiles), a veces provincia vasalla. Entre los siglos IV y VI, los armenios se dotan de los medios para esta supervivencia: una religión, el cristianismo; una lengua, el armenio; un particularismo religioso, el monofisismo. Los armenios tienen la propia fe, los propios ritos, la propia jerarquía eclesiástica. La creación de esta Iglesia nacional priva a Armenia del apoyo de Occidente pero asegura la supervivencia política y permite a los armenios de salvaguardar la apropiada autonomía. La invasión de los turcos seléucidas en el siglo XI devasta el país. Una parte de los armenios se refugia en Cilicia donde, desde las montañas del Amano y del Tauro hasta el Mediterraneo, la Nueva Armenia preserva la propia identidad por un período de tres siglos. Solamente al inicio del siglo XVI los turcos otomanos ocupan la parte occidental de Armenia, mientras que la oriental queda dominada por Persia safávida. Desde su formación el Imperio otomano respeta las particularidades de las minorías cristianas, su lengua, religión, cultura. La tolerancia del Sultán tiene, por contrapartida (compensación), una pérdida de los derechos civiles. El Imperio es una teocracia: la comunidad de los creyentes (la Umma) domina la masa de los infieles (los dhimmis o protegidos). Cristianos y hebreos son ciudadanos de condición inferior; no poseen las tierras que cultivan: ellas pertenecen al Estado, lo que dibuja un impuesto de la tierra de él. Otros impuestos, cuyo importe era decidido por la fantasia de funcionarios a menudo corruptos, gravan sobre los campesinos, los artesanos y los comerciantes de las provincias, privados de cualquier protección legal. La sharia, ley civil y religiosa fundada sobre el Corán y otros textos sagrados, es la única reconocida por los tribunales, y el testimonio de un cristiano contra un musulmán no es considerada válida. Los armenios no tienen acceso a la vida política del Imperio. Esta condición de desigualdad les pone en una situación de dependencia a los ojos del poder otomano. Tal sistema socio-político es el primer anillo de una cadena de causas que conduce al genocidio.
El segundo anillo es indirectamente forjado por las potencias europeas. En el siglo XVIII, después de una expansión regular, inicia la inexorable decline del Imperio otomano. En el siglo XIX, dos fenómenos opuestos ponen los armenios en una situación de riesgo: la disgregación del Imperio y la toma de conciencia nacional armenia. Después de la proclamación de independencia de Grecia en 1822, bajo la presión de las Potencias que tienen en la circunstancia intereses contradictorios, los pueblos de los Balcanes se sublevan y reclaman la independencia o la autonomía. Rusia que a partir del inicio del siglo XIX está presente en el Cáucaso, constituye para el Imperio una amenaza directa. Ella ha anexado la Armenia oriental y para entonces los armenios están divididos entre tres imperios: persa, otomano y ruso. A partir del tratado de Kutchuk-Kaïnardji (1774), Rusia tiene la posibilidad de extender la verdadera protección a los sujetos ortodoxos del Imperio otomano, una disposición que no concierne los armenios, pero que inaugura el principio de intervención humanitaria. La aplicación de tal principio es vivida por los turcos como una injerencia en sus asuntos internos, para los otros pueblos como una esperanza. Los tratados de Londres (1827) y de París (1856) renovan el derecho a la intervención, que será utilizado en 1860 para Francia en el Líbano para defender a los maronitas atacados por los drusos, intervención concluida con la autonomía del Líbano. Europa exige del Sultán por las reformas y la Sublime Puerta (el gobierno otomano) aprovecha los disentimientos entre las Potencias, divididas entre una política de intervención que tiene como pretexto el aspecto humanitario (política que apresuraría la ruina del Imperio y consignaría a Rusia puntos estratégicos esenciales), y una política de integridad que tutelaría los intereses ecónomicos de Europa. En este juego el Imperio otomano pierde una a una sus conquistas, mientras las minorías, miran con atención una Europa perturbada por los ideales nacionalistas, toman conciencia de la propia identidad y no toleran más el sistema de exclusión que ha prevalecido hasta ahora y que se agrava con la corrupción de la burocracia otomana. La emergencia del nacionalismo armenio determina un doble movimiento de reinvindicaciones: legal, expresesado por el patriarcado armenio de Constantinopla que lleva la cuestión armenia sobre la escena internacional; clandestino, con el nacimiento en los años de 1890 de los partidos revolucionarios, que sostienen el terrorismo y la lucha armada. En el tratado de Berlín de 1878 los armenios entran, para su mala suerte, en el concierto europeo, convirtiéndose entretanto un pretexto de intervención humanitaria para las Potencias atentas al desembramiento del Imperio, y una amenaza interna para el Sultán que; firmemente decidido a no emprender las reformas pedidas, se preocupa de su desarrollo económico, de su coesión social e de su turbulencia. El millet fiel -es así que los sultanes habían llamado hasta entonces a la comunidad armenia- se convierte en rebelde. La política de Europa -sus divisiones, su incapacidad de imponer reformas y sus intervenciones humanitarias- han puesto a los armenios en una situación de riesgo agravado, revelado de los advenimientos de 1895 y de 1896. Para dar una lección a los armenios y para poner a prueba la determinación de las Potencias, el sultán Abd-ul-Hamid lleva a cabo las masacres. 200.000 armenios son asesinados bajo la mirada indignada de los embajadores y de los cónsules europeos. Por su carácter sistemático y selectivo, estas masacres cogen una forma genocida. Las Potencias se limitan a protestar: no hay intervención militar y los criminales no son castigados. La Sublime Puerta ha verificado la vulnerabilidad de los armenios y los límites de la injerencia de las Potencias. Las masacres refuerzan el movimiento de resistencia organizado por la Federación Revolucionaria Armenia -FRA o partido Daschnak- cuyos fedayís, partiendo desde bases en territorio ruso, conducen una guerrilla sostenida por la población armenia en las provincias orientales.
No obstante, el poder del sultán se debilita. Ayudado por los partidos armenios, en particular por la FRA, el movimiento nacionalista turco se desarrolla. En Julio de 1908, un putsch organizado por el Partido Unión y Progreso pone fin al absolutismo otomano y establece un régimen constitucional. Los Jóvenes Turcos, como lo define Europa, segura en su voluntad de reformar y modernizar el Imperio, parecen animados de las mejores intenciones. Su nacionalismo parece temperado por las preocupaciones de reunir los pueblos que constituyen el Imperio en una federación otomana. En realidad, el movimiento está dividido en corrientes opuestas y contradictorias. El nacionalismo turco y el otomanismo son incompatibles y los adevenimientos inciden sobre la evolución del partido Unión y Progreso, que puede controlar realmente el poder solo en 1914. La amputación de los últimos territorios europeos y africanos (la proclamación de la independencia de Bulgaria; la anexión de Bosnia-Herzegóvina a Austria-Hungría en 1908 y de Tripolitania a Italia en 1911; las guerras bálcanicas de 1912 y de 1913 que reducen la europa otomana a un tocón de territorios alrededor de Constantinopla) y la influencia de las ideologías turcas y azeríes inmigrados de Bakú radicalizan este partido que predica el panturquismo y directamente el turanismo. Estos dos elementos -las derrotas sucesivas y el delirio ideológico que ellas sucitan y refuerzan- son las condiciones estructurales del genocidio armenio. Ellas explican como la prospectiva de una autonomía, o directamente de una secesión, sea percivida como una amenaza mortal que es necesario eliminar inmediatamente y totalmente, no importa a que precio. Si a la víspera de la guerra los turcos llegaron a considerar los armenios como un peligro, no fue necesariamente razón de lo que ellos hacían o no hacían. La percepción de esta amenaza dependía más del contexto que de la naturaleza del objeto peligroso. Entre 1908 y 1914 la situación se volvió al revés sin que los armenios fueran cambiados.
El radicalismo de los Jóvenes Turcos se expresa a partir de 1909 con las masacres de Cilicia, que asumen un carácter genocida: 30.000 armenios son asesinados, y la responsabilidad del partido Unióm y Progreso es probada. En 1912 Rusia reabre la cuestión armenia, y las negociaciones entre turcos y rusos llegan al acuerdo del 8 de febrero de 1914 que garantiza la realización de reformas en las provincias orientales de Anatolia bajo el control de dos inspectores europeos. El acuerdo es visto por los turcos como una injerencia insoportable en los asuntos internos del propio país. La pérdida de las poseciones europeas y de 5 millones de habitantes aferra un golpe fatal al otomanismo. El imperio cesa de ser una vocación multinacional. Los armenios se convierten en la principal minoría étnica bajo el dominio otomano, una minoría que no tiene, a diferencia de la griega, un Estado que pueda acogerla. Los Jóvenes Turcos no tienen cuenta de la naturaleza de las reivindicaciones armenias, aunque si el programa de los partidos armenios se concentra solo sobre reformas sociales y administrativas en seno del Imperio otomano. Estos partidos no proyectan ni la autonomía ni la anexión a Rusia ni, mucho menos, una independencia, y están bien lejos de recoger la adhesión de la población armenia. Pero el partido Unión y Progreso se ha convertido en un movimiento exclusivamente nacionalista, cuya razón de ser se reasume en una frase: "Los turcos es un pueblo que habla turco y vive en Turquía" . La ideología de los Jóvenes Turcos es una mezcla mal digerida de nacionalismo irredentista -el panturquismo-y de racismo-el turanismo. Ella se basa sobre la convicción que todos los pueblos de lengua turca deben estar unidos en un mismo complejo, a lo ancho desde el Asia central hasta el Mediterraneo, y que entonces volverá la edad de oro en la cual Turan, el ancestro de los turcos, luchaba contra Ario, el ancestro de los arianos, y extendía el propio poder sobre toda el Asia. La unión de estos dos mitos-eso de una misión de independencia nacional y eso de una restauración de la original pureza racial de los pueblos turanios-agrava como consecuencia una situación ya altamente genocida. Al estallar la guerra, los Jóvenes Turcos están convencidos que el futuro de su nación sea en Asia y que su realización sea de abrir el camino al panturquismo. La primera etapa de esta conquista es Azerbaijan. Entre esta provincia rusa y Turquía, en ambos lados de la frontera, justo en el corazón del país turco, viven los armenios. Contra cualquier evidencia los Jóvenes Turcos están convencidos que los armenios representan un peligro mortal para el panturquismo. La guerra les ofrece la ocasión para liquidar este "enemigo interno" y para darle fin de una vez por todas con las intervenciones extranjeras, anulando esos tratados que, desde un siglo, son el fundamento de las intervenciones de las Potencias. La experiencia armenia reasume los peligros corridos por una minoría puesta en confrontación con un grupo dominante determinado a homogeneizarse la propia sociedad con la fuerza y, si necesario, con el homicidio de masa y el exterminio.
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